*El artista no o se limita a ilustrar la historia de Tlaxcala, sino que descompone y reconstruye su manera de pensar en imágenes, donde investigación y creación son las dos caras de una misma moneda
Beto Pérez
Tlaxcala, Tlax.- El destino del artista Fernando Serrano se torció por una ecuación mal resuelta. Su camino parecía trazado hacia los circuitos, no hacia los lienzos.
“Si en secundaria me hubieran enseñado bien matemáticas, ahorita sería ingeniero en electrónica”, confiesa, sin embargo, en esa frase se esconde una vocación ineludible: “Pero de todos modos, yo pienso que si me hubiera dedicado a la ingeniería, estaría pintando”.
En 1994 ingresó a la Universidad de las Américas. Eran los noventa, una década que en México generaba una profunda crisis de identidad. En ese caldo de cultivo, Serrano se sintió atraído por las corrientes más cerebrales del arte.
“Lo que más me atrajo fue el arte conceptual, minimalismo. Eso fue lo que más permeó mi modo de pensar”. Sin embargo, esta inclinación chocaría de frente con su práctica, anclada en la pintura. La contradicción encontraría su catalizador en una frase de su profesora Lawrence Leboulé que se le clavaría en la mente: “Un buen artista es ante todo un buen historiador del arte”.
Esa sentencia lo sacudió. Dejó de absorber una historia del arte ajena y comenzó a hacerse las preguntas que definirían su carrera. “Y yo, ¿qué vela tengo en el entierro de la historia del arte? […] Yo, ¿de dónde vengo entonces? ¿Y con qué voy a trabajar?”.
La pregunta por su genealogía se convirtió en una obsesión. Si los artistas conceptuales europeos llegaron a sus conclusiones siguiendo su propia historia, ¿qué pasaría si él hacía lo mismo desde su trinchera? “Si yo sigo mi historia del arte, ¿qué va a pasar?”.
La búsqueda comenzó con referencias evidentes de “lo mexicano”, pero pronto sintió que ese universo era demasiado amplio y volvió la mirada hacia su entorno inmediato: Tlaxcala.
Fue entonces cuando Serrano se planteó un ejercicio mental radical. “Si por alguna razón quedáramos aislados, […] y lo único a lo que puedo recurrir es lo que hay a mi alrededor. Entonces, ¿con qué voy a pintar?”. La respuesta estaba en el mercado. Pero la pregunta más importante era otra: “En ideas, ¿de dónde? […] Ya no tengo televisión, ya no tengo internet, ¿qué tengo?”. La respuesta, de nuevo, estaba a la vista: “No, pues tengo arte sacro, tengo cultura popular. De ahí voy a sacar”.
En esa dualidad encontró su punto de partida. Comprendió que el arte popular era descendiente del barroco novohispano y vio en el carnaval de Tlaxcala el laboratorio perfecto de esta dinámica, una “licuadora” visual donde lo local y lo global se fusionaban.
Esta fascinación lo llevó a indagar en la genealogía del concepto mismo de “arte”. Descubrió que en lenguas como el náhuatl no existía una palabra equivalente. El concepto, y con él sus jerarquías, llegó con la Conquista a través de la evangelización. “Cuando llega ese concepto, pues llega con el arte sacro”. Por tanto, si quería encontrar el “punto de fuga” de su propia historia visual, debía regresar al arte sacro colonial como un ejercicio arqueológico.
Para descifrar este lenguaje, Serrano recurrió a la iconografía y la iconología, pero se topó con un muro. “La iconología fue hecha principalmente para el arte del Renacimiento”, explica. Aquellos análisis funcionaban porque el historiador contaba con la imagen y los textos de referencia. Serrano, en cambio, enfrentaba un panorama distinto. Al mirar el carnaval, se preguntó: “Y yo, ¿qué tengo? Yo no tengo textos. Todo es tradición oral”.
Este proceso se convirtió en el espejo de su proceso creativo. Dejó atrás la búsqueda de una “identidad” estática para abrazar los “agenciamientos de procesos de expresión”. Ya no le interesaba definir una esencia, sino entender cómo las comunidades construyen sus discursos visuales. Como buen artista conceptual, Serrano lo tiene claro: “Veo la investigación como obra, así como hacer una pintura”. Serrano descubrió que los trajes del carnaval son textos visuales, archivos portátiles de la memoria comunitaria. “Ahí se condensa […] las leyendas, se condensa su entorno natural, se condensan sus ideas religiosas, se condensa su historia”.
Sus cuadros operan bajo la misma lógica. No son representaciones literales, sino la puesta en práctica de esa sintaxis visual. “Pedacitos de imagen, pedacito de historia, pedacito de religión, pedacito de las caricaturas”, enumera, describiendo tanto un traje de huehue como una de sus pinturas. En sus lienzos conviven la iconografía sacra, la cultura pop y la cosmogonía indígena, unificados por un lenguaje que cita al barroco pero habla con la inmediatez de una caricatura.
Así, el camino de Fernando Serrano cierra un círculo. El joven fascinado por el arte conceptual terminó por encontrar el concepto más profundo en las prácticas de su propia gente.




